Así creaciones del espíritu humano como la ciencia y el arte no serían otra cosa más que transformaciones (sublimaciones), del instinto sexual.
Freud reaccionaba con energía frente a estos ataques, aunque la respuesta que daba es aún más incómoda para sus detractores por lo que ésta supone. Cito textualmente: "La sexualidad no es lo único; jamás hemos dicho tal cosa. El conflicto, la noción misma de conflicto, nos impone el hecho de que hay dos fuerzas enfrentadas. Siempre hemos sido dualistas, es decir, siempre hemos dicho que existe la sexualidad y, además, otra cosa que se opone a ella, se trate del Yo, la autoconservación o, en otro momento, la Pulsión de Muerte". Pulsión de Muerte, que supone la existencia de una tendencia agresiva, autodestructiva en el hombre y que trasciende los márgenes de lo aprendido.
Se cuestionan así las ideas de que honestidad y buena voluntad son primarias en el hombre, que el buen salvaje sólo se hace lobo de su misma especie en contacto con situaciones sociales adversas.
Este es un punto de discusión no acabado de la teoría, pero, aceptada como innata o adquirida, la agresión juega un papel fundamental en la actividad humana. Debemos entonces, corregir que la sexualidad no es la única determinante del comportamiento, pero esto, no disminuye el papel fundamental que juega en la vida de todo ser humano.
No se trata tampoco de una energía inespecífica como lo quisiera el fascista ario-suizo Jung. La sexualidad es libido, energía específica que se dedica a buscar un objeto sexual y su satisfacción por medio de la descarga, cumpliendo una meta precisa.
La sexualidad es entonces la búsqueda de placer, basada en principio en las necesidades del cuerpo, pero que a medida que el sujeto humano se desarrolla trasciende éstas separándose del nivel estrictamente fisiológico e integrando el nivel del deseo y de la Demanda, esta última siempre de amor.
De ésta manera la sexualidad no la entendemos como natural al hombre sino que aparece como un enigma, en otras palabras el psicoanálisis es una NO-Sexología, en tanto que los sexólogos son aquellos que se proponen como quienes saben del sexo porque hay un saber posible sobre éste.
Si ellos tuviesen razón, el psicoanálisis no hubiese jamás existido, la gente no enferma porque desconozca las reglas biológicas, sino porque reprime eso que hay en el sexo particular de cada uno y que exige ser reconocido, a veces de la manera más dolorosa.
En cierto sentido, mantenemos casi la misma posición de Platón cuando reivindicaba como la fuerza que movía al mundo al Eros. Por supuesto que en diferentes etapas de su vida el ser humano satisface el impulso sexual a diferentes niveles.
El niño, por ejemplo, tiene una sexualidad que aflora a través de la satisfacción de sus necesidades orales, convirtiendo así a la Madre en el objeto sexual lógico de esa etapa.
Lacan, dice al respecto que: "El niño tiene necesidad de leche, deseo de madre y Demanda de Amor". Nos indica, de esta manera, que la importancia de la demanda se refiere a satisfacciones muy diferentes de lo que la necesidad reclamaría. La Demanda puede ser de presencia o ausencia. El niño, por ejemplo, para crecer necesita de independencia, no de una presencia aplastante que le defina todo lo que tenga que hacer.
También necesita no sólo de una madre, sino de un padre o un sujeto que ocupe - aunque sea parcialmente - ese lugar, para darse cuenta de que él no puede colmar y llenar(se) con la madre. Esto es precisamente lo que denominamos Complejo de Edipo.
Esta denominación del proceso de sexuación y de construcción de la subjetividad recibe el mismo nombre no importando se trate de hombres o mujeres. El camino en la niña es más complicado, pues si en el varón el desplazamiento en la elección de objeto sexual camina un trecho corto y en la misma dirección, en la mujer se realiza un giro respecto a la madre, que lleva al padre como objeto sexual, merced a una desencanto que tiene efecto por la relación de primacía del significante fálico en una estructura organizada patrilinealmente. Correlativo al Edipo es el proceso que Freud denominó Complejo de Castración.
No abudaremos en éste concepto que desde su designación puede entenderse, mucho más, si se asume que la primacía del falo no tiene una relación vertical con el estatuto biológico o la morfología del varón, sino con condiciones de producción del deseo que están ligadas a continuidades y discontinuidades de la historia de esta atormentada raza de Caín. Precisemos, que ¿como en los tiempos de Freud?, sigue siendo nítido a los psicoanalistas que el varón termina su Edipo con la Castración y que la mujer inicia su viaje con el proceso de Castración que precede al Edipo.
Vicisitudes en el desarrollo normal de éste complejo de Edipo y el de Castración, darán lugar a diferentes formas de estructuración de las personas. Así, el no desistirse de ese deseo por la Madre o el Padre, llevará a posiciones subjetivas diferenciadas marcadas por el síntoma y consecuentemente, el sufrimiento.
El personaje de Don Juan, podemos tomar la versión que el lector guste (sea: Tirso de Molina; Zorrilla, Dumas, Pushkin o Kierkegaard), revela dramáticamente este hecho. Tras de la inmolación estética y ¿por qué no?... sacrificial, de sus amantes, en él no hay una saciedad de la crueldad, sino desdicha e insatisfacción. Lo que persiste es una cierta circulación económica sin satisfacción de la pulsión sexual, que da cuenta de la insuficiencia de uno, otro y cualquiera objeto para satisfacer al protagonista.
Uno podría preguntarse, ¿comparadas sus víctimas, con quién? ¿qué profundo dolor aqueja a éste hombre que el amor de todas estas mujeres no le alivia? ¿ante quién tiene que demostrar la fuerza de sus conjuros, su poder de seducción?.
Un discurso siempre se sostiene en relación con un interlocutor. En el caso de Don Juan, detrás de la pirotecnia de su encanto, podríamos decir que ¿suponiendo al personaje como objeto de análisis? se encuentra petrificado en el deseo de la Madre.
Una y otra mujer no hacen sino ratificarle que ninguna de ellas es como su progenitora, el hueco de su ausencia aparece ante él como un cráter descomunal e irrellenable.
El descubrimiento fundamental del psicoanálisis, expresémoslo de otra manera, es que nada en el hombre es "natural", el lenguaje específicamente humano, ambiguo, fuera de lógica, metafórico y a la vez refulgente lo demuestra y la sexualidad no queda a salvo de la regla.
En los seres humanos, no hay períodos de celo como en los animales, también hay una falta de liga natural con el objeto sexual que excede los ideales de cualquier moda.
Así pues la esencia de la sexualidad en el hombre es perversa, esto no es un juicio moral, nos atenemos a la raíz latina: per - alrededor; ves - vereda - camino. en éste sentido puede comprenderse la frase que tanto horrorizó a los contemporáneos de Freud: el niño es un perverso polimorfo.
Digamos un pequeño animal ávido de experimentar múltiples formas de satisfacción, ya sea oral, anal, fálica, etc. Pero más allá... quizá sigamos en algún punto siendo siempre niños, siempre perversos.
Este camino del psicoanálisis largo y difícil, pero el único posible para algunos, lleva al encuentro con la propia historia, a la oportunidad de reconstruir el presente comprendiendo las lecciones del pasado; a suprimir la deriva de inmolación, de autodestrucción que fue llamada por el creador del psicoanálisis: compulsión a la repetición.
El psicoanálisis, desde sus comienzos, ha estado destinado a cambiar la perspectiva de comprensión de todo aquello que es humano.
La lectura de una obra literaria, por poner sólo un ejemplo, alcanza nuevas significaciones, algunas de proyecciones sorprendentes, que incluso pudiesen considerarse ajenas a la intención original del autor.
Es ineludible que el lector psicoanalista, psicoanalizado, se pregunte ante una obra: ¿Pero: qué me quiere decir el escritor? Se adquiere una relación de intimidad, de asunción de la subjetividad de una obra, hasta antes desconocida.
El producto estético, se transforma en: documento que trasciende la buena forma, que rompe las reglas del buen observar y del leer bien (¿leer el bien?), tan propia del crítico de arte.
El psicoanalista irreverente, se atreve a decir del texto con audacia, a tocarlo, a interpretar, que es lo mismo que decir: transformar. El análisis literario que éste realiza, supone que más allá de un autor, se encuentra el discurso por el que éste es hablado y no me refiero aquí al discurso social o histórico, sino al discurso del Inconsciente, uno que como hemos visto, no es del todo social. En resumidas cuentas, el inconsciente pide ser escuchado de mil maneras y hay que oírlo.
Una lectura psicoanalítica supone que hay una argamasa común de la que estarían hechos los seres humanos y que estaría formada por la angustia, no cualquiera, la angustia ante su propio deseo.
Es esto, quizá, lo más intragable para los críticos del psicoanálisis. Agreguemos de pasada que, más allá de la terapia, el psicoanálisis ha demostrado ser útil para problematizar asuntos pedagógicos, psicológicos, y es aplicable como método de estudio e interpretación de mitos, hechos biográficos e históricos.
Finalmente es también una reflexión filosófica a fin de cuentas sobre el hombre y su quehacer que va al fondo de su esencia, que es la de ser siempre otro.
En éste último rubro se inscriben las llamadas obras de pensamiento social en Freud, mala denominación para trabajos como “Tótem y Tabú”, “Psicología de las masas y análisis del Yo” y “El malestar en la cultura”.
Y digo que es una manera errónea de nombrarlas, pues el hombre nunca es un individuo inmerso en su soledad y en contraposición con lo social.
Esas antinomias son restos execrables de un pensamiento que ve como opuestos lo psicológico y lo social, extimidad e intimidad, pensamiento y acción, ustedes y yo.
El poeta Rimbaud lo expresaba poéticamente: Yo soy Otro.
Es bastante común, entre la gente que se acerca a la terapia, la pregunta por las diferencias entre un psicólogo, un psiquiatra y un psicoanalista. A mí particularmente, esa pregunta me habla de que la proyección nacional de la imagen del psicoanálisis y los psicoanalistas es difusa y pobre.
Les ahorraré al lector, el recuento de nombres y de posiciones diversas de los psicoanalistas.
Tampoco hablaré de las vicisitudes del psicoanálisis en México que se inició bajo la formación de un reconocido maestro como Erich Fromm y que en su camino decidió cambiar aspectos fundamentales de la teoría, hasta el punto de sostener otra teoría que no conserva ya la marca freudiana y, sin embargo, se ha erguido al público con el nombre de psicoanálisis.
Queda también pendiente para una futura historia del psicoanálisis en México, la descripción del giro que el psicoanálisis ha dado, en función de la enseñanza de un maestro como Jacques Lacan que para algunos es quien ha sido el artífice de una nueva fundación del psicoanálisis.
Me parece del todo exagerado (y más bien sostengo la tesis contraria), decir que la obra de Lacan, es una teoría nueva al punto de abolir las ideas del fundador.
Considero que - desde mi particular punto de vista- , efectivamente, nos brinda una nueva dimensión y punto de vista sobre el dispositivo analítico en el contexto de los nuevos planteamientos de disciplinas tales como: la antropología, la filosofía, la lingüística, la investigación literaria y las matemáticas.
Si queremos señalar aquí, el problema de la formación de un analista y de la autorización de un clínico como psicoanalista.
Estas complicaciones sobre la llamada autorización de un analista, están a debate.
Existen en México más de cinco grupos de analistas (Mencionemos sólo: La Asociación Psicoanalítica Mexicana, La Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, El Círculo Psicoanalítico Mexicano y la Fundación Mexicana de Psicoanálisis) que se han asociado e incluso establecido reglas para sus miembros que regulan la pertenencia al grupo, sus líneas y formas de trabajo.
También hay otros psicoanalistas que se llaman a sí mismos analistas sin pertenecer a un determinado grupo y que incluso, muestran cierto orgullo de no formar parte de algún lazo institucional.
Por otro lado, hay charlatanes e impostores que han aprovechado este panorama confuso para validar su práctica y nombrarla analítica. Todos estos problemas ¿historias que valen una y mil novelas?, pueden proporcionar al estudioso de la historia del psicoanálisis, más de un dolor de cabeza.
Es perfectamente posible que un estudiante de psicoanálisis se enganche a hablar en una jerga psicoanalítica, obtenga un título universitario y se crea psicoanalista.
Hemos visto a alumnos de maestrías, especialidades y cursos superiores, terminar sus estudios de teoría y empezar a publicar, pero quizá lo más grave, empezar a ver y tratar pacientes sin el necesario pasaje por el diván.
No es una situación que sólo encontramos en el contexto nacional. Con dinero, una beca o los ánimos de trabajar duro, se puede ir a Inglaterra, París o España, jamás pasar por un análisis en forma o hacerlo como un simple trámite para ostentar el título universitario como una licencia que autorize a trabajar en la clínica... no por sabido debe callarse y creo pertinente recalcarlo: el analista se hace analista solamente por el paso por el propio análisis.
Lacan lo ha remarcado escribiendo: “el analista sólo se autoriza en su propio análisis”.
No podemos más que lamentar que se piense en el psicoanálisis como un oficio que puede adquirirse solamente a través del estudio o la vinculación con la teoría.
No se dedica uno a este “oficio delirante”, como a cualquier otra vocación. Nos lleva al psicoanálisis nuestra propia chifladura, nuestras pasiones, el deseo de dejar de sufrir y comprender.
Es un viaje difícil, prueba de ello, es la repetida historia del encuentro con la locura de algunos de nuestros compañeros y colegas.
No se vuelve loco quien quiere, pero hay que estar un poco loco para dedicarse a ésta pasión en cuerpo y alma, esto tiene sus riesgos. Éste, también, puede definirse como un oficio de sobrevivientes.






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